Topografías del silencio: corrosión de la memoria
Esta serie parte de un gesto anti-monumental: la intervención de mapas urbanísticos de Medellín, impresos entre 1977 y 1990, con residuos químicos de una antigua fábrica de espejos. Aquí, el soporte —el mapa como símbolo de orden y poder— se somete a un proceso de desestabilización material, donde sustancias como el nitrato de plata, el cloruro de estaño o el ácido nítrico, antiguos cómplices de la ilusión óptica, actúan como agentes de deconstrucción. Estos químicos, que en su día dieron brillo a superficies reflectantes, se convierten aquí en agentes de corrosión y revelación. ¿Qué refleja un espejo cuando su propia materia se descompone?
Estos mapas trascienden su función cartográfica para convertirse en objetos híbridos: a medio camino entre el documento histórico, la pintura abstracta y el ready-made. La acción de verter los residuos no es un mero proceso técnico, sino un rito de revelación, donde el azar —las reacciones impredecibles de los químicos— y el control —la elección de los mapas— dialogan. Así, la obra oscila entre lo autónomo y lo relacional: el espectador no solo ve, sino que reconstruye los significados a partir de las grietas.
El resultado no son imágenes nítidas, sino huellas de un conflicto: la corrosión como metáfora de una violencia territorial que se auto-representa y se inscribe en el cuerpo de las ciudades y en la memoria de sus habitantes. Esa violencia, como cicatriz, encuentra en estos mapas un espejo corrupto donde reflejarse: una superficie que, en lugar de devolver imágenes claras, distorsiona la memoria y expone las capas ocultas de su historia.
La referencia al espejo no es casual. En la tradición del arte contemporáneo, el espejo ha sido un símbolo de reflexividad fallida. Aquí, el espejo corroído niega su función original: en lugar de reflejar, distorsiona y revela. Es una crítica a la representación hegemónica de la historia, donde Medellín —y su violencia— se mira en una superficie que no devuelve una imagen clara, sino una herida abierta. Un archivo traumático que, más que documentar, expone las lagunas de la memoria.
Los químicos, al reaccionar con el papel, no solo degradan el soporte físico, sino que metáforicamente erosionan las narrativas oficiales, dejando al descubierto las tensiones entre el desarrollo urbano y las heridas que este ha ignorado. Esta serie, entonces, no es solo un ejercicio estético, sino un acto de resistencia poética. Cada mancha, cada grieta en el mapa, es un testimonio químico de lo que el espejo tradicional —el de la historia escrita por los vencedores— no quiere mostrar. ¿Acaso no es la corrosión, en el fondo, una forma de verdad?
La obra no busca la permanencia. Los mapas, al degradarse, desaparecen como objetos, pero persisten como experiencia y pregunta. Esto conecta con la estética de lo efímero de Claire Bishop, donde el arte contemporáneo abraza la pérdida como acto político. La corrosión, entonces, es una metáfora de la resistencia: lo que el sistema intenta borrar —la violencia territorial— emerge con más fuerza en su propia descomposición. Estos mapas seguirán corroyéndose, como nuestra memoria: olvidando, repitiendo, resistiendo.