«Contradicciones dentro del marco»
El Barroco y el Rococó no fueron solo estilos artísticos que reflejaron la complejidad de su época, sino estrategias de dominación estética: tecnologías de control visual diseñadas para naturalizar jerarquías a través de la seducción formal. Un arte definido por el dramatismo, la exuberancia y, sobre todo, por las contradicciones. Contrastes entre luz y sombra, lo terrenal y lo divino, lo racional y lo emocional, pero también entre el lujo desbordante y la miseria oculta, entre el poder ostentoso y la fragilidad de sus cimientos. Estas dualidades son el corazón de mi propuesta artística.
En esta serie, reapropio el lenguaje visual del Barroco y el Rococó para exponer sus paradojas. Los marcos, que enmarcaban la pintura mural de la época, han sido reinterpretados en fieltro, un material asociado a lo doméstico, lo manual y lo no-monumental. En su interior, encierro fragmentos de pintura al óleo recuperada de mi propia práctica pictórica: restos de color que, al ser extraídos de su contexto original, pierden su función «noble» y se convierten en huellas de un proceso invisible, en vestigios de un trabajo que suele quedar oculto tras una obra terminada. Estos residuos descansan sobre papel de lija, un soporte cuya textura abrasiva, evoca el trabajo físico —una metáfora de la explotación—, pero también la fricción entre lo pulido y lo crudo, entre la fachada del lujo y la realidad que lo sostiene.
Aquí, lo decorativo se convierte en acto de resistencia. Los marcos, tradicionalmente revestidos de pan de oro para simbolizar eternidad y poder, ahora encierran materiales efímeros y cotidianos: fieltro, pintura residual, papel de lija industrial. Esta yuxtaposición no es casual, sino una deconstrucción deliberada. El oro, que históricamente ocultaba las grietas del sistema, aquí revela su fragilidad: La crítica al trabajo invisible (el papel de lija como recordatorio de que el lujo depende de la explotación). el esfuerzo detrás del ornamento, la crítica detrás de la forma. No se trata de rechazar la belleza, sino de cuestionar qué oculta y cómo, al reapropiarla, puede convertirse en un gesto de disidencia.