Cartografías de lo invisible: de lo digital a lo analógico.
Esta serie es, ante todo, un ejercicio cartográfico. Las imágenes, generadas a partir de simulaciones de campos eléctricos en 2D y 3D, han sido ampliadas —en este caso al 3200%—, un acto que no solo escala un fragmento a lo monumental, sino que intenta desplegar sus estructuras internas dentro de un mapa. Pero no un mapa jerárquico tradicional, sino un territorio sin centro, donde las bifurcaciones, las raíces gráficas y las matrices pixeladas se entrelazan como nodos de un sistema abierto.
La ampliación extrema revela lo que Deleuze y Guattari llamaban rizoma: una red de conexiones no jerárquicas, donde cada punto puede conectarse con cualquier otro, sin principio ni fin. Aquí, el pixelado resultante de la rasterización no es un error, sino la materialización de esa multiplicidad: una topografía de lo abstracto.
El azul actúa como el color de lo liminal, un tono que históricamente ha oscilado entre lo físico y lo metafísico. En el arte, el azul ha sido el color de lo divino, pero también el de lo tecnológico: desde los cianotipos del siglo XIX —una de las primeras técnicas fotográficas, donde el azul de Prusia capturaba la luz sin cámara— hasta los pantallazos azules de los sistemas operativos, que marcan el límite entre lo funcional y el colapso. En este proyecto, el azul hereda esa dualidad. No es casualidad que el cian, componente del azul digital (RGB), sea el mismo que, en la impresión CMYK, se traduce en un azul físico. Así, el color se convierte en un puente cromático entre lo inmaterial y lo tangible, una extensión de lo real.
La materialización de estas imágenes en cartón passepartout añade otra capa de significado. El passepartout, tradicionalmente usado como marco para resaltar obras en papel, aquí se convierte en el soporte mismo de la obra, cortado con una máquina de precisión milimétrica. Hay una ironía poética en este proceso: una herramienta industrial, diseñada para la exactitud, se emplea para crear formas que tienden a lo orgánico y a la imperfección. Las seis capas superpuestas, con sus bordes nítidos, son un mapa en relieve donde la precisión de la máquina dialoga con la calidez del material y la imprecisión del montaje manual.
En un contexto posdigital, esta obra plantea una pregunta esencial: ¿cómo cartografiamos materialmente lo que permanece archivado en formato digital? Las bifurcaciones de las imágenes ampliadas, su naturaleza rizomática y su traducción a un material sugieren que el arte contemporáneo no busca representar la realidad, sino mapearla como un territorio en constante transformación. La ampliación al 3200%, la rasterización y el uso del azul no son simples decisiones técnicas, sino estrategias para revelar que lo digital y lo físico no son opuestos, sino capas de una misma geografía.