Ideogramas de la percepción.
La serie RGB parte del gesto de convertir palabras en ideogramas visuales, invitando al espectador a decodificar y participar en un acto de interpretación creativa y crítica. Así, la obra se convierte en un espacio vinculante, donde el significado emerge de la interacción entre la pieza, el espectador y su contexto lingüístico o cultural. Este enfoque hace visible el proceso activo de construcción de significado, abriendo una reflexión sobre el orden y la jerarquía tanto en el lenguaje como en la percepción visual.
«Una imagen es un espectro de luz decodificado a través de la retina», pero no todos lo decodificamos igual. Esta serie dialoga con la teoría tricromática de la visión (Young-Helmholtz), que explica cómo el ojo humano percibe el color mediante tres tipos de conos. Sin embargo, desafía su universalidad: ¿Qué ocurre cuando la biología se encuentra con la cultura? ¿O cuando la tecnología impone sus propias reglas de representación?
El sistema RGB (rojo, verde, azul), base de la síntesis aditiva de color en dispositivos digitales, se convierte en un «alfabeto visual» que codifica significado y define no solo cómo vemos el mundo, sino cómo se nos muestra. Su universalidad técnica, sin embargo, choca con la diversidad de la percepción humana, explorando así la dualidad entre lo objetivo (el espectro de luz) y lo subjetivo (su interpretación). Este proyecto cuestiona el sistema de estandarización, que busca uniformizar la experiencia visual. la perfección digital es una ilusión, su aparente neutralidad oculta sesgos y exclusiones. En esta obra, el RGB —un sistema abstracto— se vuelve tangible. Aquí, lo digital se re-materializa, cuestionando la idea de que lo virtual carece de cuerpo o de consecuencias materiales.
Al traducir los ideogramas a diferentes idiomas, la serie explora cómo el multilingüismo y la relatividad cultural flexibilizan la comprensión y la interacción con el otro. El color (RGB) es un sistema universal, pero su nombre es cultural: «rojo» en español, «red» en inglés, «rot» en alemán… Como señalaba Saussure, no hay una relación natural entre el signo lingüístico y el color que designa. Esta arbitrariedad vincula la obra con la lingüística estructural y el arte conceptual, donde el significado no está dado, sino construido.
El lenguaje, como el color, es un código arbitrario. No existe una forma «correcta» de percibirlo, al igual que no hay una única manera de interpretar una imagen. Esta idea invita a una tolerancia activa: el reconocimiento de que la diferencia no es un obstáculo, sino una condición esencial de la comunicación.